La desobediencia - Claudia Masin

*

Quisiera que me cuides

como se cuida a aquellas personas enfermas

que ignoran la grave naturaleza de su mal:

suavemente, sin ningún gesto rotundo

de amor que las alarme,

les revele de repente la verdad.

 

 

 

*

La bruma que oculta mis pulmones de la salud

es un velo detrás del cual me alzo

y digo: fugaz y aérea, pero ésta

es mi casa. Aquí me quedo.

 

 

 

*

Supiste, antes que yo, que la pasión era una casa

imponente y vacía. Me dejaste sola allí,

deslumbrada por semejante belleza,

para que no te siga.

 

 

 

 

*

El fondo de las cosas es opaco.

No está allí la preciosa

serenidad que prometiste

 

 

 

 

El potrillo 

 

Cada uno carga su familia como los mendigos sus bolsas raídas,

esas cosas que ya no sirven para nada,

pero no se pueden abandonar: son parte del propio cuerpo,

del camino recorrido. Es difícil soltar lo que nos ha acompañado

tanto tiempo, aunque lastime y agobie, y la espalda se incline

bajo el peso. Como si fuéramos la muesca diminuta

sobre el arma disparada en un pasado remoto,

en una tierra desconocida decidieron por nosotros, antes

de que naciéramos, hasta los muertos que tendríamos que llorar.

Pero si nos acompaña una multitud a cada paso, pienso,

el aislamiento no resuelve nada. Ni construir una cabaña

con las propias manos en el monte impenetrable,

darle la espalda al mundo y a los demás, volverse un paria

que ha rechazado su lugar entre los otros

para quedar libre de una deuda

que de todas maneras va a tener que pagar. Entonces,

si los cuerpos reunidos al principio

quedan atados por un nudo que atraviesa el tiempo, una cuerda

increíblemente firme, imposible de desatar,

¿cómo ser en la vida algo más que una especie

de fenómeno natural: un latigazo del cielo, un rayo

que destroza sin razón y sin sentido, o al revés,

una lluvia suave que reverdece el campo seco y trae alivio

a los cultivos casi muertos? Es decir,

¿cómo ser algo más que un impulso ciego

que actúa sin voluntad de hacer el bien ni el mal,

por pura inercia desprendida del pasado, de los terrores,

los deseos, las pasiones de la tribu?

A veces creo, pero es una cuestión de fe, no sé si es cierto,

que se puede construir una familia a partir de cosas ínfimas

que no forman parte de la historia contada

a través de las palabras o del cuerpo de los que amamos.

Que podríamos descender en el tiempo

hasta el instante en que aún no habían empezado ni la fealdad

ni el miedo, a través de una memoria física que nos devuelva

la humilde y pura gracia de respirar. Hablo

de atarnos a detalles tan insignificantes que no serían jamás

parte del drama y por eso mismo no podrían

convertirse en el hueso de tu infelicidad.

Sería tan distinto, claro,

si tu familia fuera el día en que conociste el verano,

la primera experiencia de alegría bajo un chorro de agua

en el sopor pesado de la siesta, el olor de la tierra mojada

y el contacto del pasto en los pies descalzos. La risa, levantándose

como la bruma del calor hacia lo alto. Si fuera tu destino ese punto

del pasado, ese resplandor que quedó grabado a fuego,

clavado en tu carne como la herradura en la pata de un caballo joven,

de un potrillo que en el momento de entrar al establo

se retoba y corre y es capaz de fugarse de la vida que le espera.

 

Claudia Masin nació en Resistencia, Chaco, Argentina, en 1972. Es escritora y psicoanalista. Vive desde 1990 en Buenos Aires y coordina talleres de escritura. Es docente de la carrera de Artes de la Escritura de la Universidad Nacional de las Artes de Argentina. Publicó nueve libros de poesía y dos antologías de su obra: Bizarría, Geología, La vista, Abrigo, La plenitud, El verano, La siesta, La cura y Lo intacto (Premio Fondo Nacional de las Artes Argentina 2017), las antologías El secreto (Antología 1997-2007) y La materia sensible (Antología personal) y el volumen La desobediencia, sus poemas reunidos 1997-2017. Se encuentran en preparación las ediciones española y mexicana de la antología La materia sensible, la edición chilena de Lo intacto y la traducción al portugués de La plenitud. La vista obtuvo por unanimidad el Premio Casa de América de España en 2002.  Sus textos han sido traducidos al francés, inglés, portugués e italiano.