“Inhalá experiencia, exhalá poesía” Muriel Rukeyser por Verónica Yattah

Muriel Rukeyser vivió, como ella misma dice, en el primer siglo de las guerras mundiales.
Contra las bombas, por ejemplo las que el ejército norteamericano arrojó en Vietnam, así como contra los bombardeos de falso objetivismo de los medios masivos de comunicación, escribió poesía.

Dejó marcas de su vida en sus poemas. Construyó su vida a través de la escritura. Cargados de rasgos habituales para lxs lectores que somos hoy, sus poemas mezclan hechos históricos con acontecimientos personales, incluyen menciones precisas de tiempo y lugar, incorporan detalles que inyectan sensación de verdad, como si fuéramos testigos de micro-escenas de su vida cotidiana (incluida su imaginación) y la de su época.

Escribió poesía también para contradecirse, o sea buscando renovarse a cada paso, en un juego paradójico que va del rechazo de imposturas (“¡Basta de máscaras! ¡Basta de mitologías!”) a una desconfianza hacia las certezas del yo: “Entrar en ese ritmo donde el yo se pierde”.

La voz de Rukeyser es considerada una de las más enérgicas de la poesía norteamericana.
De ahí su afinidad, para atrás, con Whitman, y hacia adelante con poetas como Adrienne Rich, Denise Levertov o Sharon Olds, quienes encontraron en ella un punto de origen.

Su gracia está, me parece, en la construcción de un yo provisorio y poderoso en términos de identidad, íntimo y social; en la invitación a confiar en el poder regenerativo de la poesía; y en la originalidad de su tono, al mismo tiempo imperativo y amoroso. Madre soltera, bisexual, judía, militante, pesimista, esperanzada: el yo de Rukeyser encarna pero es mudable como lo son los sentidos y el cuerpo. Quizás por esto haya dicho “quiero hacer mis poemas sensitivos”, o “quiero escribir los poemas de mi tacto”.

En la introducción a Rukeyser en esa antología excepcional de poetas norteamericanas publicada en 1984 llamada Contéstame, baila mi danza, Diana Bellessi cuenta que fueron esos los versos que escuchó recitar a Muriel en un café de la avenida Broadway y que la dejaron entrar a su mundo. Mi puerta de acceso fue en 2016 gracias a Donde sea que vaya y otros poemas, libro publicado por Viajero Insomne en 2015, con selección y traducción de Daniela Camozzi. Era de noche y tenía ese cansancio de final del día. Mi trabajo de oficina no me gustaba pero intentaba encontrarle encanto. Por esos días yo venía “en automático” y si dijera que leer a Rukeyser fue como despertarme de noche, la metáfora sería bastante precisa. Si estás triste, y esa tristeza incluye las injusticias sociales que se graban como amargura en el día a día, leerla te da ánimo. Y que unos poemas tengan el don de hacerte sentir mejor que antes de leerlos, los vuelven un conjuro. A ese libro le siguieron las traducciones de Sandra Toro. Es un lujo que existan estas traductoras y que las tengamos tan cerca.

Me gusta creer que somos los “otros invisibles” que imaginó Rukeyser, los “aún por nacer” a quienes sus poemas hablan: “¿habrá mujeres, o arriesgados varones (o futuras mutaciones,/ que hoy no tienen nombre), que intenten reunir sus piezas rotas?”. Sus poemas nos recuerdan que la poesía es lugar de encuentro entre la conciencia individual y el mundo. Y algo más: que existen realidades a las que todavía no les encontramos nombres y que la poesía anda en esa búsqueda.

 

 

 

Poema (traducción de Daniela Camozzi)

 

Viví en el primer siglo de las guerras mundiales.

Casi todas las mañanas me volvía un poco loca,

los diarios llegaban con sus relatos despiadados,

las noticias brotaban de distintos dispositivos;

ellos enloquecían también, por las mismas causas.

Pude al fin tomar lápiz y papel, escribir mis poemas

para otros invisibles, otros aún por nacer.

Durante el día pensaba en esos hombres y mujeres

valientes, en lugares remotos, queriendo vivir

sin etiquetas, con valores casi inimaginables.

Cuando la luz se apagaba y se encendía la noche,

tratábamos de imaginarlos, de encontrarnos unos a otros

para crear la paz, hacer el amor, reconciliar

la vigilia con el sueño, reconciliarnos entre nosotros,

con nosotros mismos. Tratábamos por todos los medios

de alcanzar el límite de nuestro ser, traspasarlo,

soltar los medios, despertar.

 

Yo viví en el primer siglo de todas esas guerras.

 

 

 

 

Espirales y fugas (traducción de Daniela Camozzi)

 

Espirales y fugas, el poder como música casi

que da a todos los mundos significado

y significado a la materia, todo el tiempo,

y trae movimiento sagrado,

espirales y fugas su vida,

para que mi vida vaya hacia la tuya,

y todas las mujeres y los hombres y los chicos en su luz,

la piedrita en medio de la ruta, sus venas y

paciencia,

impulsando las constelaciones de todas las cosas.

  

 

 

 

Balada de naranja y uva (versión de Sandra Toro)

 

Después de terminar tu trabajo

después de que te hiciste el día

después de haber leído tus lecturas

y escrito tu opinión--

vas hasta el puesto de panchos

de la otra cuadra, cruzando,

en una tarde abrasadora de East Harlem, siglo XX.

 

Casi todas las ventanas están tapiadas,

las ratas salen corriendo de una bolsa--

del garage miserable asoma

un Cadillac largo y lustrado;

en la puerta del centro de adicciones

hay un hombre que quisiera romperte la espalda.

Pero también una mujer morena con una nenita de rosado y rosa.

 

Salchichas salchichas crepitan en el asador

donde el panchero se inclina--

en la barra no hay nada más

que las dos máquinas de siempre:

la de uva, vacía. Y la de naranja, vacía.

Yo, enfrente, entre las dos.

Pasa un negrito, mira los panchos y sigue caminando.

 

Miro al hombre mientras se para y vuelca

en esa forma familiar

violeta intenso en la que dice NARANJA

anaranjado en la que dice UVA,

el jugo de uva en la máquina que dice NARANJA

y el de naranja en la que dice UVA.

Una sola palabra grande y clara, inconfundible,

en cada máquina.

 

Le pregunto: ¿cómo vamos a seguir leyendo

y encontrándole sentido a lo que leemos?--

¿Cómo pueden escribir ellos, los chicos de enfrente,

y creer en lo que escriben

si ud. sigue poniendo uva donde dice NARANJA

y naranja donde dice UVA--?

(¿Cómo vamos a creer en lo que leemos y escribimos y escuchamos y decimos y

                                                                                                                      [hacemos?)

 

Él mira las dos máquinas y sonríe

se encoge de hombros y sonríe, y sigue cargándolas.

Podría tratarse de violencia y no-violencia

podrían ser blanco y negro, hombres y mujeres

podría ser la guerra y la paz o cualquier

sistema binario, amor y odio, amigo y enemigo.

Sí y no, ser y no-ser, lo que hacemos y lo que no hacemos.

 

Es una esquina de East Harlem,

un basural, lecturas, una sonrisa enorme, violación,

olvido una calle que hierve de crímenes,

miseria y esperanza marchita,

un hombre sigue poniendo uva donde dice NARANJA

y naranja donde dice UVA,

poniendo naranja en UVA y uva en NARANJA para siempre.

 

 

 

 

 

Entrar en ese ritmo donde el yo se pierde (traducción de Daniela Camozzi)

 

Entrar en ese ritmo donde el yo se pierde,

donde la respiración : el pulso : y la sutil música

de su vínculo crean nuestra danza, y nos arrojan

al momento en que aparece la magia

de todas las cosas, su nueva posibilidad.

Ese momento ciego, la medianoche, cuando comienza

toda visión, y la danza es nuestro único aliento,

y nosotros mismos el momento de la vida y de la muerte.

Ahora estamos ciegos; pero recibimos otra salvación,

el yo como visión, siempre percibiendo,

todas las artes todos los sentidos son lenguajes,

nacen del deseo, se transforman en verdad:

en nombre de la vida entregamos el momento y las imágenes,

escribimos el poema ; hacemos el amor; damos a nacer.

 

 

 

 

La música de la oscuridad (traducción de Daniela Camozzi)

 

Los días pasan y las estrellas cruzan la noche

     y mi cama salvaje gira lentamente entre las estrellas.

 

 

 

 

Rondel (traducción de Daniela Camozzi)

 

Ahora que tengo cincuenta y seis,

vamos a celebrar, vení.

 

¿Cómo son el canto, el sexo,

ahora, a los cincuenta y seis?

 

Bailan, pero es diferente

con la distancia y la muerte;

ahora que tengo cincuenta y seis,

vamos a celebrar, vení.

 

 

 

 

Canto (traducción de Daniela Camozzi)

 

Tanta pérdida en este mundo; traé, viento, mi amor

           mi casa está en el lugar de nuestro encuentro,

           y el amor en todo lo que toque y lea

           dentro de ese rostro.

 

Levantá, viento, este exilio de mis ojos;

           paz para mirar, vida para escuchar y confesar,

           libertad para encontrar, para encontrar

           esa desnudez.

 

 

 

 

Artefacto (traducción de Daniela Camozzi)

 

Cuando esta mano ya esté en la tierra,

y esta mano que escribe y el papel en que escribe

ya no estén, y las palabras en este papel se hayan olvidado,

cuando el aliento que gira lentamente alrededor de la tierra

con las antiguas palabras de su lengua

vaya a las vidas por nacer, cuando ellas también estén

en la tierra, y su recuerdo, cuando el recuerdo de todo aquello

esté también olvidado, y todos los que tenían ese recuerdo

hayan sido absorbidos en el aire y en el polvo,

las palabras, la tierra, la brisa sobre los océanos, cuando todo eso

sea otra cosa, quizás algo de lo que antes hubo quede,

algún artefacto. Esta lapicera. ¿Hablará de mí? ¿Hablará de nosotros?

Este objeto de metal brillante fabricado por miles de personas

que no conozco, ¿llegará con ese deseo inefable de decir una música,

ofrecerá algo de todos lo que me acompañó en mi viaje?

¿Cantará para otros que no conozco

lo que pasó hace tanto ya, lo que se cantó en otra época?

                                                                                  Esta lapicera:

-¿habrá mujeres, o arriesgados varones (o futuras mutaciones,

que hoy no tienen nombre), que intenten reunir sus piezas rotas?-

¿Podrán engarzarse estas partes gastadas? ¿Brillar de nuevo? ¿Hablarte entonces?

 

 

 

 

Una piedrita en medio del camino, en Florida (traducción de Diana Bellessi)

 

Mi hijo diciendo cuando niño:

Dios

es cualquier cosa, hasta una piedrita en medio del

           camino, en Florida.

Ayer,

Nancy, mi amiga, tras una larga enfermedad:

¿Sabes qué podría levantarme, sacarme de la

           desesperación?

No. ¿Qué?

Cualquier cosa.

 

 

 

 

Poema página en blanco página en blanco poema (traducción de Daniela Camozzi)

 

Poema   página en blanco   página en blanco   poema

algo fluye de un cuerpo en oleadas

algo que comienza en la punta de los dedos

empieza a dar testimonio de mi vida

de toda la desesperación y la música

algo como una ola y después otra

que rompen la costa

algo que concentra la vida entera

en este instante

pequeñas olas que se concentran en la página en blanco

algo como una luz que resiste y que está viva.

 

Verónica Yattah nació el 1ero de febrero de 1987 en la Ciudad de Buenos Aires. Publicó Ella salta la espuma de las olas (2009: Del Dock), Allá es mañana (2013: Funesiana,  2015: Diezmil cosas, 2017: Sierpe) y Los perros también se van (2014: Viajero Insomne, 2017: Sierpe). Es licenciada y profesora en Letras (UBA). Da talleres, realiza entrevistas y escribe reseñas. Actualmente es profesora en el Taller de Poesía I de la Licenciatura en Artes de la Escritura de la UNA. Poemas suyos integran diversas antologías. En 2018 saldrá su cuarto libro, Piedra grande sin labrar, por Zindo & Gafuri.