La máquina del tiempo

Por Verónica Pérez Arango 

El fin del realismo es el nombre del último libro de poemas de Marcelo Díaz (Córdoba, 1981).

Hoy que las escenas realistas van ocupando cada vez más lugar en la poesía argentina, ese título anticipa la posibilidad de un mundo interpretado en clave alucinada. Porque el poemario de Díaz, a medida que avanza en intensidad, parece preguntarse qué es lo real y qué supone su fin definitivo, qué relaciones se dan entre la realidad y la memoria o si lo real existe en tanto puede recordarse.

Desde las imágenes que se despliegan en los primeros versos, hasta las últimas líneas del libro, una geografía extraña convive con, por ejemplo, espectros, autopistas, animales muertos, fisuras del terreno, la superficie lunar, autos de techo corredizo y seres prehistóricos. Todo eso reunido a los recuerdos fragmentados de la propia historia personal entretejiéndose en los intersticios, como si fueran un hilo íntimo e invisible en el medio de una textura mayor que cuenta el universo.

(…) Estar allí/ era como tratar de entender/ una música imposible./ Minutos más tarde mi padre/ por una incandescencia en su cuerpo/ parecida a un fósforo encendido/ moría en su habitación. (…) Anoche encontré fotografías/ en clave borrosa de cuando practicabas/ ejercicios aerodinámicos para soportar/ la carga del abandono. El fin del realismo puede leerse a la manera de un estudio sobre la memoria y los dispositivos de reproducción mediante los cuales se congela el tiempo presente, recupera el pasado y anticipa el futuro: el resultado de una lógica gestada y aprendida de la ciencia ficción.

En ese sentido, el poemario de Marcelo Díaz simula una fascinante máquina del tiempo que viaja atravesando distintos discursos -no exclusivamente literarios- para descubrir la otra cara de lo que es, quizás, el objeto más extraño de todos: la realidad. Las polaroids, las grabaciones, las copias digitales, las cámaras, son variantes del mismo aparato obsesivo de duplicación para evitar el olvido y rellenar los agujeros de la memoria. Acá el poeta entonces propone la voz de un yo que se vale de esas herramientas arriba nombradas, cautivadoras del pasado y el presente, y capaces de anular cualquier grieta por la que pueda colarse la amnesia (nombrada como “pantalla oscura”, “espacios en blanco” o “descomposición”). Y así como pareciera existir un plan o táctica para no olvidar, para controlar la memoria, también aparece una técnica, un conjunto de procedimientos inciertos, generadores del olvido y su variante más radical, la muerte. Porque hay una brecha enorme entre lo ausente y lo aparecido después de poner en funcionamiento la memoria; no es posible recuperar esa distancia:

La táctica para borrar/ el cóncavo disco de la ausencia. o el rostro familiar en la imagen se descompone/ en una multitud de diminutos rectángulos/ hasta que literalmente el rostro/ detrás de esos puntos desaparece. o (…)

¿Es una forma de amor/ o de terror encontrarnos en esta piecita aérea/ como una cuerda o un escondite hecha para atar/ el olvido?

Si bien los elementos técnicos de duplicación insisten con su reiteración en muchos de los textos del libro, la imaginación, los sueños y el lenguaje funcionan allí como laboratorios misteriosos donde se entrecruzan, con final feliz, diferentes sistemas de conocimiento con experiencias de vida: la física y los vínculos familiares, o la química y el deporte son sólo dos ejemplos. Es decir que la palabra poética dispuesta en el verso borra los límites de cualquier código dado, y amplía el campo de juego para que se produzca un estallido de sentido. Este trabajo de exploración nos conmueve; es que sí: todos estamos adentro de la máquina del tiempo.

                                                                                                                                                    Verónica Pérez Arango 

                                                                                                                                                                     

 

Poemas de El fin del realismo (Viajero Insomne, 2014)

Invierno

 

Manejabas en la noche y chocaste un ciervo.
Encendimos las linternas, no encontramos a nadie.
Éramos animales solitarios que
se extendían por el territorio como
la sombra de una mancha solar. La aceleración del motor
idéntica a la de las nubes del horizonte.
De haber tenido un perro rastreador
hubiese sido diferente. Existen espacios en blanco
que ni la fuerza de gravedad puede enmendar.
¿Dormiremos en el pico de los árboles
donde descansa nuestro auto
y nos desintegraremos con los campos
concentrados en la calma de los pájaros?
Lo más probable es que sin luz
perdamos la transparencia. Este accidente
no puede ser sino pieza de una maquinaria
con la misión precisa de fabricar olvido.
Aprendemos a cuidarnos
de los ángulos de la pérdida
como de la oscuridad que dejamos atrás
después de la onda expansiva.
En las rutas del futuro no existirán animales
que se eleven por el asfalto ni tampoco
seres como nosotros dispersos por el aire
como una llamarada
moviéndonos en la dirección del invierno.



Monólogo de Donnie Darko


En algún punto del jardín descansa un motor diesel.
Yo no era nadie en el universo
pero dibujaba accidentes aéreos.
Esa era mi particular manera de estar integrado
a la vida de los aeropuertos
hasta que leí el texto sobre una dimensión invertida
que cambia o duplica las historias personales
escrito por un hombre disfrazado de conejo.
Viajar por el tiempo es una tarea abstracta
como imaginar una antena portátil
dentro de la bóveda celeste o calcular la trayectoria
de la turbina de un avión cayendo al abismo.
Quizás existió un proyecto distinto para mí
entre las diferentes opciones de la oscuridad.
Temprano pasaré de ser el fogonazo
de una bengala a la última grabación de una caja negra.