Hace meses que vengo postergando el sentarme a escribir sobre la poesía de Beatriz Vignoli quizás porque sabía que sería difícil enfrentar esa suerte de fascinación que ejercen sus palabras en mí. Pienso mientras escribo en los sentidos de la palabra fascinación e inmediatamente googleo el término.

Fascinar según el Diccionario de la Real Academia Española, deriva del latín “fascinare” y tiene las siguientes acepciones: 1.  Engañar, alucinar, ofuscar. / 2.  Atraer irresistiblemente

Fascinatio es la acción de fascinar, de hechizar, de encantar. Para Plinio los “fascinantes” son los hechiceros.

Buceando un poco en la etimología del término descubro también que se vincula con lo fálico y se enlaza con la protección.

Fascinum es pues el amuleto en forma de miembro viril que  los niños llevaban al cuello para evitar el mal de ojo. A esa función se le llama técnicamente “apotropaica”, (del griego ἀποτρέπω  apotrépō, "apartar", alejar), de ἀπό (apó, "lejos") y τρέπω (trépō, "girar"), palabra que significa precisamente “alejadora, apartadora”, en este caso de males y calamidades.

Me pregunto entonces, luego de esta digresión, ¿ qué tiene que ver todo esto con la poesía  de Beatriz Vignoli? y encuentro que al menos estos dos sentidos están presentes en mi experiencia de lectura de sus libros: un encantamiento en el que caigo mientras recorro sus poemas y una fe que me lleva a recurrir a ellos casi como a un amuleto al que me aferro para resistir, como esos niños que llevaban en su cuello el fascinum, a ciertas calamidades.

Escribir la lectura, es también en palabras de Roland Barthes, “sistematizar todos esos momentos en que uno levanta la cabeza”, es decir, intentar registrar aquello que nos obliga a apartar la mirada del texto ante esa suerte de encantamiento  que nos captura y nos expulsa simultáneamente.

Realizada entonces la confesión, intentaré esbozar algunas cuestiones sobre estos poemarios hechizantes.

Es posible pensar que en Viernes se bosqueja un escenario que está presente en muchos de sus poemas, una tierra devastada o abandonada por los dioses, donde maravillosamente el sol sigue brillando intacto, con esa impermeabilidad que tiene casi siempre el mundo ante cualquier inclemencia.

“El sol brilla sin dioses/En tu cara/Estoy forjando el día/ como si fuera de hierro el vivir/Estoy sosteniendo el tiempo” nos dice la voz de  “Viernes santo”. De sostener este tiempo donde “no hay dónde fundar/ ningún futuro: las casas son pequeñas/ o ajenas, y sus estantes están atestados/ de ciervitos de vidrio fumé”  se trata la poesía de Vignoli, de sostener ¿cómo? con las palabras como amuleto contra la destrucción o como sitio desde el cual testimoniar la pérdida.

Pero no se trata de un amparo hecho de certezas que reponen con un conjunto de aserciones un dios en el mundo, sino más bien de poemas que alojan las preguntas en su función productiva y desestabilizadora. Si el discurso de la ciencia y del capitalismo se funda en certezas, en la creencia en ciertas verdades, en la búsqueda de la transparencia, la poesía de Vignoli resiste en su modo interrogativo, a veces opaco, huidizo y lleno de restos.

“¿Y si volver no fuese como caer?”, “¿ Y si el tiempo no fuera como diluirse?” , “¿Nos pertenece algo de todo esto?” ,”¿No es el mundo un celuloide viejo al que asesina la luz?”, “¿Si en lo que resta/ no somos quienes seríamos?” son algunas de las preguntas que componen los poemas de Viernes.

Es que quizás esta labor interrogativa encuentre su fuente en una mirada estrábica entre lo terrenal y lo celeste, o entre el objetivismo y la lírica, que confluyen en su poetizar. En ese horizonte donde se tocan ambos espacios, nacen las preguntas, como pequeños puentes que unen dos mundos, un mundo más concreto y cotidiano y otro hecho de la materia de lo sensible y del pensamiento.

“¿Cuándo empezó a ser un lugar la noche/un lugar, no una hora/cuándo con su jarabe negro negro/ entró a manchar la luz? // Bebíamos birras, tragábamos la sangre dorada de las horas/Éramos el sentido del luminoso verano”

En este vaivén entre el dorado de la cerveza y la negrura del cielo, la horizontalidad de las palabras en su cadena significante trazan un puente vertical que conecta un extremo con el otro de manera interrogativa, sutil y  lúcida.

Es que la lucidez se deja ver también en esa risa amarga, a veces cercana a la ironía o al sarcasmo, o en esas asociaciones inesperadas que unen elementos aparentemente distantes pero que se vuelven maravillosamente cercanos entre sí.

Leemos en “Tarde llego ante los ojos”, poema de su último libro Lo gris en el canto de las hojas:

“Con un cuerpo que era de la primavera/dorado en olas de salvaje inconsciencia o paraíso/recaigo en templos gravitacionales, en ortopedias áureas/ en la pregunta marina sobre cómo y dónde hallar rasos y sedas/ que cuiden el amor cuando todo lo que queda es la espera (…) Soy Darth Vader de mí, soy mis máscaras que se pegan al hueso/ un saber amatorio vuelto inútil por desgaste del kit experimental”.

O en “La fiesta de los tontos”:

“Saqué a bailar al dee jay/ y la fiesta se quedó sin música”.

O en La caída, de Viernes:

“Si te dicen que caí/ no vengas a enseñarme aerodinámica revisionista/ No me cuentes de los que cayeron venciendo/No vengas a decirme/ que no crees que haya sido un accidente/ En lo único que creo es en el accidente/Lo único que sabe hacer el universo/ es derrumbarse sin ningún motivo/ es desmoronarse porque sí”.

Cito tantos ejemplos quizás porque estoy bajo el hechizo de estas palabras y  tal vez para que se perciba lo prodigioso de esta poesía que trabaja con la risa amarga y la interrogación (casi de manera nietzscheana) como formas de habitar temporariamente con las palabras un universo en ruinas.

Es que volver soportable lo que se cae, lo que se desmorona entre los brazos, dejar registro de eso y embellecerlo con las palabras parece ser el fundamento de la poesía de Beatriz Vignoli.

Así aparece en “Función de la lírica”, esta suerte de ars poética:

“Mi padre agonizaba/en un sanatorio con TV por cable/ Puse el canal de ópera/para amortiguar sus alaridos constantes/Justo cuando Rigoletto abraza el cadáver/ de su hija, debí tenerlo al viejo/ para que no se cayera en la cama:/ la doble simetría de la escena/ me la volvió soportable”.

¿No es acaso la poesía ese arte de dibujar puentes con las palabras, paralelismos entre un mundo visible y otro que está más allá? ¿No es la forma de dejar registro de aquello que se lleva el tiempo? ¿No es la manera de dibujarlo en negro sobre blanco para traerlo aquí, para dejar la huella de su ausencia?

“¿Qué es el paisaje? Es lo visible, es eso/ que cuando te detuviste a contemplarlo/ es tarde y hay que irse// ¿pero qué es lo visible? Es ese arte/ de percatarse del sol a las siete de la tarde/ cuando ya el paisaje está por irse a dormir”.

Prender una luz ,como quien enciende una bengala un 31 de diciembre para despedir lo que se va, para recibir lo que viene, para dar luz en medio de la noche, así son los poemas de Vignoli, chispas que centellean en la oscuridad, un amuleto, un fascinum contra todos los males de este mundo.

Bárbara Alí