Lucas Soares, lector de Ricardo Carreira

Por Lucas Soares

De los dieciocho a los veintiocho años trabajé en la mítica librería “Gandhi” de la calle Corrientes. Diez años, mientras hacía mi carrera de filosofía. Entre mis compañeros libreros había una rara unanimidad: ninguno quería ordenar la biblioteca de poesía porque estaba llena de libros finitos, muchos de ellos sin lomo, ediciones de autor, plaquettes, lo que hacía difícil poder ubicar a un autor. Era un trabajo realmente muy pesado, y encima era una biblioteca enorme que, en términos comerciales, apenas “se movía”. Todo nuevo librero tenía que pagar su derecho de piso pasando por ese ritual iniciático de ordenación de la biblioteca de poesía.

Fuera de las lecturas esporádicas de la infancia y de la adolescencia, aquella fue mi primera vez con la poesía, material y espiritualmente hablando. Con el tiempo, terminé yendo por mi propia cuenta hacia esa biblioteca. Más que como poeta, la “Gandhi” me formó como lector de poesía, que fue prácticamente el género que más leí durante ese tiempo. Mi forma de abordaje de aquella biblioteca variaba con los años, y se traducía en diferentes esquemas de orden y lectura. Uno de ellos consistía en que cada vez que fuera a almorzar tenía que elegir al azar poetas que no conociera. Así, a partir de esas elecciones, pude descubrir a autores como Ponge y Westphalen, que después fueron clave en mi formación. Pero de toda esa etapa aleatoria de descubrimiento el poeta que más me interesó –no sé si el que más me gustó; a veces, con el paso del tiempo, cobra más fijeza y firmeza lo que nos interesó que lo que nos gustó- fue Ricardo Carreira(1942-1993). Siguiendo aquel esquema de lectura, di con su único libro póstumo, publicado en 1996 por la editorial Atuel, cuyo título (al igual que su tapa) era completamente anodino: Poemas. Recuerdo que la primera impresión de lectura fue de una extrañeza casi lindante con el rechazo, porque la voz de Carreira parecía la dicción poética de un sistema operativo (hoy diríamos la google poesía) o, en el otro extremo, de un indígena que va enumerando, mecánica y telegráficamente, los objetos que lo rodean y los actos que ejecuta. Pero lo cierto es que a ese libro volví una y otra vez desde aquella época. A veces para releerlo por completo; otras para abrirlo al azar y leer un poema. En el fondo, creo que mi conexión con el libro de Carreira tenía que ver con el tipo de poesía que iba a terminar interesándome leer y escribir. Lo que me ataba y me sigue uniendo a él es la idea de la poesía como naturaleza muerta; de una poesía más asentada en la imagen que en el procedimiento que la sustenta; una poesía que persiste en la mente a la manera de un desprendimiento retiniano, renombrando los actos y objetos para poder acceder a ellos de otro modo; una visión liberadora de la poesía como espacio de prueba, de ensayo y error con materiales lingüísticos.

           Hoy siento que ese libro de Carreira me despertó de mi sueño dogmático en torno a lo que por ese entonces creía que debía ser la “buena” poesía. Me hizo ver la posibilidad de un tipo de verso más despojado, que fluía sin apoyarse en muletas retórico-formales. Una escritura que iba a contramano de la típica poesía impostada y forzadamente “poética” que solía encontrar en aquella biblioteca de la “Gandhi”. Carreira me hizo -y en ello, desde el registro poético, se toca con algunas de las problemáticas filosóficas centrales del segundo Wittgenstein- prestar atención a los usos esclerosados del lenguaje ordinario, y sobre todo entender cómo la lengua poética puede operar una deshabituación de lo nombrado,que deja entrever algunas de las relaciones subyacentes que se dan entre las palabras y las cosas. Epifanía fotográfica hecha de palabras, cuya lectura produce tensiones de sensibilidad. Kertész decía que sus fotografías eran su diario íntimo. Algo similar ocurre con la poética de Carreira, como si ella no fuera más que el medio a través del cual el poeta registra la memoria de su relación con los objetos; su modo de vincularse -física y emocionalmente- con ellos y con él mismo.El título de toda su obra (visual y escrita) podría haber sido perfectamente Las palabras y las cosas.

Carreira fue y es para mí la posibilidad de un decir más visual; de un lirismo contenido, que deja resquicios entre los versos; de una poesía performática que pareciera escribirse al momento de su lectura. La posibilidad de reflexionar, en el acto mismo del habla poética, sobre los materiales (las palabras) y las condiciones de producción de la poesía que se está escribiendo. Quizá por su condición de artista plástico, Carreira llevó algo del orden del hipnotismo de la imagen visual al plano de la imagen poética. Su poesía es para mí un catálogo obsesivo de datos sensoriales; una -al igual que la buena fotografía- microfísica de la percepción. Una fenomenología de objetos y actos llevada a cabo por un sujeto que, al fotografiarlos con palabras, termina por consustancializarse con ellos. Así es como su poesía prismática logra, con sus múltiples variaciones de lente, dar con el punctum poético de nuestro entorno cotidiano. En la poesía de Carreira, el poeta, cuando habla de una cosa, es la cosa; es lo que él subraya con su lengua autista y primitiva, como si en el fondo el poetizar no fuera otra cosa que el resucitar la lengua infantil de los primates. En ella se subvierten algunas de las categorías con las que solemos rotular los debates poéticos del sesenta para acá; porque en Carreira el objetivismo deviene una ilusión del objetivismo, y el materialismo, una ilusión del materialismo. Lo que me sigue pasando frente a su poesía es similar a lo que podemos llegar a experimentar frente a un cuadro de naturaleza muerta. Todo lo que vemos es lo que está ahí, dicho denotativamente, de manera clara y distinta, como si el poeta fuera un maestro de escuela que enseña deícticamente las primeras palabras a sus alumnos. Y si bien en su poesía las palabras recuperan su capacidad de revelar los actos y objetos en su inmediata y plena evidencia, la sensación que nos deja su lectura es la de un realismo extrañado, en tanto siempre queda –afortunadamente- un noúmeno poético entre las palabras y las cosas.

Pasan los años y la poesía sigue teniendo para mí aquella impronta que me dejó la escritura de Carreira, ligada a la claridad, la concisión y la precisión; en una palabra, al descubrimiento -como diría Girri- de “la idiosincrasia sensorial de las cosas”, hasta el punto de que mientras escribo esto no logro disociar su poesía de aquel estado epifánico que experimentaba cuando, enfrentado a esa biblioteca de la “Gandhi”, elegía al azar poetas para leer a la hora del almuerzo. 

 


 

Selección de poemas

 

El café se evapora en la taza verde.
café, taza.
evapora.

La luz rebota contra el plato, la taza y la
mesa.
luz, plato, taza, mesa.
rebota.

Tomo la taza y la cambio de lugar.
taza, lugar.
tomo, cambio.

Hay menos café en la taza porque está
caliente y se evaporó.
café, taza.
hay, evaporó.

El golpeteo de la luz la hace vibrar como una
campana.
golpeteo, luz, campana.
hace, vibrar.
parece, quieta.

Cuando la apoyo sobre la mesa, la mesa gasta a
la taza y la taza gasta a la mesa.
mesa, taza.
apoyo, gasta.

(…)


*


Tengo una piedra blanda y redonda en una mano.
Te pido que me dejes tomar tu mano.
Cinco más cinco dedos y las manos.
Todo lo creado por nosotros tocaron tus manos,
miles, muchas cosas.
Ahora solas tus manos y las mías, tibias
oscilando juntas, sin que se note.
Tu mano ha tocado una taza por todos sus lados
y aristas, un plato, una radio por la llave y
toda, por el pasa cassette, el enchufe, las
paredes poco, las puertas, tus zapatos, tu
corpiño, tu pollera, el peine, el perfume, y
mucho más.
Ahora están solas, tu mano y la mía, juntas,
con sombra.
Tengo una piedra de varias formas en mi mano.
Tus manos han tocado un televisor, silla, vaso,
reloj, tenedor, ladrillo, lámpara, heladera,
pañuelo, pullover.
Ahora están, tu mano y la mía tibias, juntas,
oscilando, a media sombra.

(están tibias porque están resonando como una
suave música)

no te oigo.


*


Una mujer está en el baño, desnuda, su ropa
seca está sobre el suelo mojado.
La ropa va absorbiendo poco a poco el agua.

 

 


Ricardo Carreira, Poemas, Buenos Aires, Atuel, 1996 [reedición con el agregado de una selección de prosas, apuntes y dibujos: Ricardo Carreira, Mataderos, Buenos Aires, Ediciones Stanton, 2012].