Por Claudia Masin. Ilustración: Mario Calvo

Hace ya unos cuantos años me encontré con un ensayo de un poeta peruano al que no había leído hasta entonces. Se llamaba José Watanabe. El título del texto era: “Elogio del refrenamiento”. Me despertó curiosidad ese término, “refrenamiento”, que asocié inmediatamente con lo restrictivo, con una rigidez y una frialdad completamente alejadas de mis ideas acerca de la poesía como espacio de liberación y desobediencia. Pero al leerlo quedé maravillada. No sería exagerado decir que ese texto modificó mi modo de pensar, de escribir y de relacionarme con la escritura.

En él, Watanabe relata parte de su historia: hijo de una madre mestiza, descendiente de indígenas, y de un padre japonés, vivió toda su infancia con su familia en Laredo, un pequeño pueblo rural de Perú. Ambos, padre y madre, eran –por sus respectivas culturas de origen- muy poco comunicativos, con poca tendencia a la expresión de las emociones, tranquilos, austeros. Cuenta también que una de las imágenes que con más cariño recordó -ya adulto- fue la de su padre recitándole haikus mientras alimentaba a las gallinas y a los patos en el corral de piso de tierra de los fondos de la casa. Acerca de su padre, dice: “siempre estaba sosegado. Parecía que todos sus actos tenían un impecable anclaje interior. Esa contención natural fue el aspecto que más le aprecié”. Su madre, a su vez, era una mujer también contenida, aunque “su contención tenía un matiz de dureza o de aire áspero”. Este refrenamiento, como Watanabe llama a esta particular forma de austeridad o de pudor en la expresión de las emociones, terminó siendo uno de los pilares invisibles en los cuales se sostendría más tarde su poesía. El poeta cita al dramaturgo de bunraku, Chikamatsu, que a comienzos del siglo XVIII, dijo:

«Cantar los versos con la voz preñada de lágrimas, no es mi estilo. Considero que el pathos es enteramente una cuestión de refrenamiento. Cuando todas las partes de un drama están controladas por el refrenamiento, el efecto es más conmovedor».

Después de leer esta conferencia fuí a sus poemas, y allí estaba: ese refrenamiento, esa elegancia, esa intensidad contenida que resultaba más poderosa, precisamente, por su contención. Watanabe escribe que la naturaleza no hace aspavientos, que cuando somos “aspaventosos” –en la vida y en la escritura- estamos haciendo comentarios agregados e innecesarios a nuestros actos. Una forma de insinceridad, agregaría yo, basada en la exageración, la dramatización o el énfasis de aquello que –debido justamente a su extraordinaria intensidad- no necesita acentuación. Leyendo a Watanabe es posible entender que el nivel de desborde, de desmesura de un poema, atenta directamente contra su posibilidad de conmover, o -en otras palabras- contra su intensidad, esa cualidad indefinible que sin embargo podemos reconocer fácilmente al leer un texto. Relacionada con una suerte de “fuerza austera” -es decir, con una fuerza que no se regodea en sí misma, cuyo poder está en la posibilidad de detenerse, de no ir más allá, de contener el estallido- la intensidad a su vez tiene que ver, creo, con evitar la dispersión, con condensar, a partir sobre todo de imágenes e ideas precisas y filosas, las muchas tensiones que atraviesan un poema.

Watanabe, entonces, fue el poeta que me transmitió la diferencia abismal entre desborde e intensidad. Y también el hecho de que no siempre el dolor o la felicidad manifiestos, ruidosos, explícitos, son necesariamente los más ciertos ni los más profundos.

La poesía de Watanabe es una poesía capaz de afectar, de conmover, de hacernos entrar en su universo austero y humilde, donde no hay lugar para la grandilocuencia. Sus poemas suenan como si toda la vida él hubiera seguido escribiendo bajo el halo de los haikus recitados por la voz paterna, entre pavos y gallinas, sin pensar más que en la belleza de la voz y las palabras que se iban deshaciendo en el aire caliente de Laredo.

Claudia Masin


 

Selección de poemas

 

EL KIMONO

Mi padre y mi madre eran sombras
dispares
que ahora, muertas, acaso se encuentran
más.
Yo recuerdo: él le regaló un kimono
y ella lloró en silencio
porque una gracia así
no concordaba
con su amor tan austero.

En la espalda del kimono
saltaba un salmón rojo.
Sobre los hombros de mi madre, el pez
parecía subir por la cascada de sus cabellos,
hermosisímos y azulados cabellos
de mestiza:
Una bella imagen que ella no podía ver.
Dígasela usted, padre,
para que deje de llorar.



EL GUARDIÁN DEL HIELO

Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.

Oh cuidar lo fugaz bajo el sol...

El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil.
Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.

No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
yo soy el guardián del hielo.



ANIMAL DE INVIERNO

Otra vez es tiempo de ir a la montaña
a buscar una cueva para hibernar.

Voy sin mentirme: la montaña no es madre, sus cuevas
son como huevos vacíos donde recojo mi carne
y olvido.
Nuevamente veré en las faldas del macizo
vetas minerales como nervios petrificados, tal vez
en tiempos remotos fueron recorridos
por escalofríos de criatura viva.
Hoy, después de millones de años, la montaña
está fuera del tiempo, y no sabe
cómo es nuestra vida
ni cómo acaba.

Allí está, hermosa e inocente entre la neblina, y yo entro
en su perfecta indiferencia
y me ovillo entregado a la idea de ser de otra sustancia.

He venido por enésima vez a fingir mi resurrección.
En este mundo pétreo
nadie se alegrará con mi despertar. Estaré yo solo
y me tocaré
y si mi cuerpo sigue siendo la parte blanda de la montaña
sabré
que aún no soy la montaña.



LA CURA

El cascarón liso del huevo
sostenido en el cuenco de la mano materna
resbalada por el cuerpo del hijo, allá en el norte.

Eso ví:
una mujer más elemental que tú
espantando a la muerte con ritos caseros, cantando
con un huevo en la mano, sacerdotisa
más modesta no he visto.
Yo la miraba desgranar sobre su regazo
los maíces de la comida
mientras el perro callejero se disolvía en el relente del sol
lamiendo
el dolor arrojado a la tierra
junto con el huevo del milagro.
Así era. La vida pasaba sin aspavientos
entre gente parca, padre y madre
que me preguntaban por mi alivio. El único valor
era vivir.
Las nubes pasaban por la claraboya
y las gallinas alineaban en su vientre sus santas ovas
y mi madre esperaba nuevamente el más fresco huevo
con un convencimiento:
la vida es física.
Y con ese convencimiento frotaba el huevo contra mi cuerpo
y así podía vencer.
En ese mundo quieto y seguro fui curado para siempre.
En mí se harán todos los milagros. Eso ví,
qué no habré visto



LA PIEDRA ALADA

El pelícano, herido, se alejó del mar
y vino a morir
sobre esta breve piedra del desierto.
Buscó,
durante algunos días, una dignidad
para su postura final:
acabó como el bello movimiento congelado
de una danza.

Su carne todavía agónica
empezó a ser devorada por prolijas alimañas, y sus
huesos
blancos y leves
resbalaron y se dispersaron en la arena.
Extrañamente
en el lomo de la piedra persistió una de sus alas,
sus gelatinosos tendones se secaron
y se adhirieron
a la piedra
como si fuera un cuerpo.

Durante varios días
el viento marino
batió inútilmente el ala, batió sin entender
que podemos imaginar un ave, la más bella,
pero no hacerla volar.



LA PIEDRA DEL RÍO

Donde el río se remansaba para los muchachos
se elevaba una piedra.
No le viste ninguna otra forma;
sólo era piedra, grande y anodina.

Cuando salíamos del agua turbia
trepábamos en ella como lagartijas. Sucedía entonces
algo extraño:
el barro seco en nuestra piel
acercaba todo nuestro cuerpo al paisaje:
el paisaje era de barro.
En ese momento
la piedra no era impermeable ni dura;
era el lomo de una gran madre
que acechaba camarones en el río. Ay poeta,
otra vez la tentación
de una inútil metáfora. La piedra
era piedra
y así se bastaba. No era madre. Y sé que ahora
asume su responsabilidad; nos guarda
en su impenetrable intimidad.

Mi madre, en cambio, ha muerto
y está desatendida de nosotros.