Por Tom Maver 

Omar Musa nació en los suburbios australianos, en 1984. Esta selección de poemas es de su libro Parang (que en malayo significa: cuchillo grande y pesado que se usa como herramienta o arma) publicado en 2013 en Australia. Algunos de sus poemas se encuentran en video en Youtube, como Fireflies, The Great Displaced, My Generation, etc. En 2014 publicó en Penguin la novela en verso "Here come the dogs" (Acá vienen los perros).

Su cultura viene, por un lado, de la música urbana del rap y del hip-hop y por el otro, de la cultura malaya, que le viene de familia -su madre es una poeta malaya- y que también se reúne en su lengua. Como se ve, ambas tradiciones son orales, oídas y dichas antes que leídas o escritas. Podríamos resumirlas así: lo que se escucha en la calle y lo que se escucha en la casa.

Yo di con él a partir de un video de Youtube donde recitaba Seguí tocando, poema con el que ganó el slam de poesía de Australia. Los poemas recitados en slams los sabe de memoria. Esto hace que la mirada la tenga libre para dirigirla al oyente, y convocarlo. El tiempo presente de los poemas se refuerza, se intensifica de alguna manera. Siempre pensé que ese extrañísimo sujeto, ese “yo” construido en los poemas para el poema, tan fantasmal, sobre todo cuando alguien recita un texto propio y me mira a los ojos, siento que el espejismo es todavía más interesante y complejo. Transparentemente complejo.

Uno podría pensar que sin la presencia del poeta y su mirada, sin el público, el poema no se sostendría. La pregunta en definitiva es: ¿cómo se sostiene un poema, qué lo sostiene? Cada uno tendrá su respuesta. Quizá la de Omar sería: con palabras y ritmo. A pesar que en general la poesía oral tiene una fuerte preocupación por el sentido (que lo necesita también para mantener la atención de lxs oyentes), en la poesía de Omar se respira la preocupación por el ritmo de lo dicho.

El ritmo es su contemporáneo. El tiempo presente es entendido como reunión de tiempos (como el poema es el encuentro de una voz y un oído; no un viaje sino el fin de ese viaje). Y en el poema se reúnen la lengua rápida, agresiva del suburbio, del rap, la antiquísima lengua malaya, las historias de marginados de un suburbio como el de Queanbeyan, South Wales, Australia, las largas enumeraciones (formas de la imaginación y de la frustración por algo que podría seguir infinitamente)... Poemas de largo aliento de una generación a sí misma que busca su voz, lo propio, entre sus conteporáneos y en el pasado.

 

SELECCIÓN DE POEMAS de Omar Musa

 

Relámpagos sobre Sandakan[1]


Si es la última vez que la veo,
qué gozoso
el alfabeto de la lluvia cayendo.

Tenemos comida en nuestros estómagos,
la risa sale a chorros de nuestras bocas,
los huesos se convierten en caldo
con serai y kayu manis
sobre las antiguas hornallas.

De edad desconocida,
los primos dicen que los años desgastaron a mi abuela.

Pero sus ojos giran hacia mí,
bondadosos y brillantes,
pidiéndome que tenga hijos
y que no la olvide.

Que encuentre en mi corazón
el perdón para mi padre.

Los relámpagos sobre las copas de los árboles
esculpen las nubes en un destello de púrpuras y amarillos.

La memoria tiembla,
escrita con la lluvia.

 

 


Mi generación

Mi generación
se sentó en el borde del océano
esperando que la marea trajera algo.

Mi generación
se pobló de borrachos y de chicos que toman pastillas,
de payasos crudos y de cubrecamas
manchadas con los sueños de neón de los adictos a la cocaína.
Me refiero
a las visiones inundadas de diamantes de las chicas hermosas
que transpiran balas, purpurina y Chanel.
Me refiero
a las que viven endeudadas
para comprar latas de falsos bronceadores.
Me refiero
a las que dejaron la escuela para ponerse colágeno
queriendo coger con hombres de la generación Y
con el cuello levantado y tatuajes de Copycat,
con contratos en el fútbol y mandíbulas cuadradas,
querido correr
en caballos de anfetamina y Porsches rojos
hasta los boliches
cuya fecha de vencimiento termina
justo
ahora.

Mi generación
se consoló con falsos profetas
que prometían cambio
pero hacían más de lo mismo,
cuyas ideologías optimistas
se convirtieron en imanes para la heladera y stickers para el auto:
SÍ PODEMOS

Sí,
vimos cómo asesinaron a los primeros ministros.
Golpes de estado silenciados en los pasillos del parlamento,
cabezas que ruedan por malas votaciones, lenguas caídas,
ruido a tambores mientras los diarios armonizaban como lobos que aúllan.
Nuevos reyes y reinas para los ojos de las cámaras, que todo lo ven,
que parpadean pero nunca se cierran.
“Líderes” recién consagradas con dientes pulidos y largos cuchillos.
Sonríen pero bien adentro
saben que también la guillotina los espera.

Mi generación
floreció con la sangre de los artistas
que mandaban mensajes en botellas
que terminaban en los corales despintados
y la humanidad era un fósil sumergido que sería buscado
algún día por otra gente y no por nosotros.
Mientras que los tradicionales custodios de la tierra
transpiraban en departamentos como cuchetas
y los activistas de izquierda sorbían vino tinto
y hablaban de reforma.

Mi generación
tuvo sexo con vaselina y música toda igual.
Hicimos mal el amor.
Los hombres aprendieron a tener sexo
armando un currículum de conchas rosas pixeladas de estrellas porno,
tetas enormes y pijas digitales.
Hicimos el amor entre manchas de aceite y masacres,
bailamos tango entre los titulares de la historia,
revoloteamos entre el ruido a sexo susurrado y asesinatos,
bidones de vino frío y saleros infernales,
pobres diablos bailando con espejismos
que traían una breve alegría a nuestros corazones disecados.

Mi generación
nunca dejó de hacer chiquilinadas.
Nos volvimos más preocupados, no más sabios.
Nos pusimos viejos, no crecimos.
Y nuestra única posesión fue una imaginación con alas,
que se sentó en el borde del océano
esperando que la marea trajera algo.

 



Mariposas

Ella dijo:
“de chica viví en las montañas.
Juntaba mariposas en un tarro y usaba la luz para leer mis libros”.
Le dije:
“qué hermoso mundo”.
Ella dijo:
“ahora, cuando vuelvo a las montañas no hay más mariposas”.
Y yo le dije:
“cómo nos rompe el corazón este mundo”.

Así, cuando nuestros héroes envejecen
y nuestros soñadores se vuelven locos,
cuando los pájaros cantores callan
y las fogatas se prenden en cada esquina,
yo vivo para las pequeñas victorias.
Cuando hay pisadas en el corredor
y no sé de quiénes son,
si de una amante o un torturador,
aliado o asesino,
yo vivo para las pequeñas victorias.
Cuando las manos están sobre los oídos
y tapan las bocas,
cuando dejo de saber si prefiero estar despierto o dormido,
el silencio de las corrientes submarinas
o el estallido de las olas en un arrecife,
cuando nos prometen todo
y nos tratan como nada,
yo vivo para las pequeñas victorias.

Como comer una comida y darte cuenta de que lo que acabás de comer
era exactamente lo que querías.
Como cuando el cajón de mangos está a 9 pesos.
Como un mail sorpresivo que mejora tu día,
el primer sorbo de agua luego de todo un día de ayuno,
la primera línea después de haber estado trabado,
como un estudiante que apenas puede deletrear su nombre
pero que da con la línea perfecta.

Vivo por las cosas por las que estoy dispuesto a morir.
Defiendo las cosas por las que estoy dispuesto a caer.
Todos nos prometemos eso alguna vez.
Nosotros, la gente, los más frágiles de todos.
Nosotros, la gente, que arrastramos redes a la orilla
esperando encontrar anillos de diamante en las entrañas de un pescado
o perlas en la panza de los dragones.
Nosotros, los hombres y mujeres,
que estamos a centímetros de las pantallas
que nos gritan para que tengamos tarjetas de crédito o perdamos peso.
Nosotros, la masa hirviente de queridos y amigos,
violadores, racistas, asesinos de hombres,
neo-nazis, héroes, modelos y feministas,
los que protestan blandiendo bates al sistema,
esperando astillar los mosaicos
y amantes
que quieren dar con su homerun.

Este poema es para los sobrevivientes.
Es para los marginados.
Para los excéntricos que nunca cubren su locura siendo copados.
Para los chicos en el Mish, en las calles, en las villas,
en los departamentos y en los patios de las secundarias.
Ellos van a hacer de tu voz un crimen para el que no tenés ninguna coartada.
Entonces, que sea un crimen pasional,
alzalo hasta sus ojos,
robá el tiempo,
meté en tu bolso la perseverancia
de los que odian y dejá lo demás atrás,
hablá con seguridad,
con los dientes brillando más que la columna vertebral de una ciudad.

Aunque sea una victoria pequeña,
¿quién sabe?
quizá algún día, un día las mariposas vuelvan.

 


Una patria

Imaginé un breve beso en los párpados,
una mujer de hombros marrones
escurriendo el agua de su pelo.
Imaginé flores de hibiscos y rapsodas vagabundos,
kampungs[2] llenos de gente sabia y pobre.

Las visiones quedaban como íconos,
preservados en un corredor privado y tranquilo.

Después llegué.

Vi Prada y bolas de boliche,
vi mezquitas y centros comerciales construidos con los mismos ladrillos,
e igualmente llenos de fe.
Vi las razas comiendo por separado
y rascacielos puros como cuchillas.

Detrás de las paredes
había gente masturbándose a media luz.
Detrás de las puertas
inmigrantes ilegales recibían documentos por votos.
Alguien que protestaba exigió elecciones libres
mientras que los ojos de la policía moral eran un radar.

Y por todas partes la modernidad se agitaba.

¡Locura del exilio!
¡Esperanza y desesperación de esta segunda generación!
Extraer las historias de aquellos que se fueron años atrás
y después creer que uno entiende.

No.
Una patria es una cosa bastarda,
una quimera, un ente vaporoso,
que confunde que ilumina que confunde que enriquece?

Debajo de un toldo que gotea en Kuala Lumpur
veo la vida crecer inmensamente,
con risas y bocas que mastican.

A mis párpados los beso el aire dulce.
Miro al otro lado de la calle y
veo a una mujer escurriendo agua de su pelo,

sonriendo.

 




SEGUÍ TOCANDO

Esto es una advertencia para todos.

El mañana no es tu amigo.

El mañana es un visitante para cuya llegada no estás preparado,
cuyos cambios de ánimo no podés anticipar.
No los podés anticipar porque nunca sabés
si va a llegar a tu puerta trayendo flores o un arma,
pero sabés que está todo el tiempo acercándose.

Esto es una advertencia.

Nunca dejes que se consuma el fuego de la lámpara.
Nunca dejes de hacer tu música, incluso si el disco está rayado,
la aguja quebrada y el micrófono desconectado-
seguí tocando.

Incluso cuando estés parado mirando los amenazantes arrecifes,
donde los corales parecen hechos de cuchillas y navajas,
donde el cielo apenas brilla con una luz de carbón
encima de los tiburones y los intermitentes cardúmenes,
donde te movés entre mareas de información
(algunas correctas, otras erróneas, otras sencillamente dementes)
olas de opinión tan potentes que amenazan con ahogarte-
seguí tocando.

Incluso cuando sientas que la amistad es un campo de batalla
donde la brisa está cargada de ego y desconfianza,
donde el afilado sol se oscurece
por un billón de flechas que cantan con la claridad de los pájaros,
donde intercambiamos palabras encendidas en bares y autos recalentados,
donde sentimos que somos lo que queda de los naufragios
de los ideales abandonados-
seguí tocando.

Incluso cuando las respuestas negativas se apilen como pirámides
y te digan que no tenés talento
y que nadie quiere escuchar a un rapero de un pueblo chico de Australia
y que ninguna radio va a poner tu música
y gritás y gritás y nadie te escucha-
seguí tocando.

Pero no estoy seguro de por qué deberíamos,
cuando claramente las posibilidades apuntan en contra nuestra.
Porque sé que el corazón de los hombres
es un pastizal donde florece la oscuridad.

Todo lo que sé es que tengo suerte de estar acá
y que algún día, pronto, este hombre de pasión y lujuria
va a ser polvo y cenizas.
Y que voy a esparcirme de vuelta en el suelo del que salí
y que no quiero que mi último suspiro sea un lamento.
Quiero poder decir que salté del acantilado cuando fue necesario,
que bebí del cáliz cuando me lo pasaron.
Que incluso cuando el disco estaba rayado,
la aguja quebrada y el micrófono desconectado-
seguí tocando.

Esto es un advertencia para todos.
El mañana no es tu amigo.
Así que nunca dejes que el fuego de tu lámpara se consuma.
Porque nunca sabés
cuándo podría terminar hoy.



Versiones en castellano de Tom Maver